Anda el patio
revuelto tras los comicios catalanes y, pese al ruido mediático, no parece que vaya a llegar la sangre al río ni que
vayamos a enfrentarnos al fin del mundo tal y como lo conocemos. Queda en el
ambiente, eso si, un poso de tiempos inciertos y alianzas variables, a veces
contra natura, en las que el pragmatismo hace socios a gentes de las más
variopintas culturas y tradiciones. Izquierdas y derechas coaligadas bajo el
marchamo soberanista. Proyectos de confluencia patrocinados por la enésima
escisión de la escisión siempre con la coartada
de una unidad imposible.
Revoluciones naranjas con una fragancia claramente contrarrevolucionaria. Pícaros
de nuevo cuño pasados por Harvard, que no aspiran a comerse el queso o beberse
el vino del ciego, sino a apañarse para si los públicos dineros.
Tiempos
inciertos, como digo, en los que lo viejo no termina de morir y lo nuevo se resiste a brotar. Unos tiempos que, a los que
llevamos años en el empeño de transformar la sociedad y que lo hemos intentado
tantas veces que hasta nos salen callos en la conciencia [revolucionaria], nos
producen una desazón rayana en el desánimo. Y todavía antes de acabar el año
toca repetir el ritual de las urnas sin que otra vez contemos con una alternativa fuerte y
verdaderamente ilusionante. Que no se ha consolidado -me temo una vez más- por
la flaqueza del alma humana y sus monstruos en forma de narcisismo e
intolerancia y por esa irrefrenable tendencia a tropezar siempre con las mismas
piedras.
Menudo agobio,
andaba yo pensando, cuando entre papeles he encontrado este soneto que
malcompuse hace algún tiempo, y que trasluce el hartazgo y la desesperanza ante
un futuro que difícilmente, con estas mimbres, podrá ofrecernos un panorama distinto que combata nuestras
miserias cotidianas y nos brinde un país vivible. Vaya el soneto, pues, como
despedida (solo hasta la próxima).
Hoy toca
hablar de un país hermano que anda enfrascado en un épico combate contra uno de
sus más notables demonios, esta vez en forma de una deuda exterior que lastra
sus finanzas y compromete seriamente la calidad de vida de sus ciudadanos. Se
trata, como no, de Grecia, ese rincón mediterráneo que asociamos a templos en
ruinas, islas paradisíacas y tradiciones milenarias entre el mito y la cultura.
Nosotros, los
que vivimos en países que compartimos ciertas prácticas de gobierno y una
cultura y formas de vida cada vez más comunes, nos solemos referir a nosotros
mismos como “democracias occidentales”. Esas que, bajo el paraguas de la Unión Europea y sus
instrumentos financieros, acosan hoy a la venerable Grecia, cuna de la
civilización europea e inventora de la democracia – y no sólo del término, sino
del propio sistema- para exigirle que sus ciudadanos paguen con su miseria un endeudamiento que es fruto de la
connivencia entre sus propias élites políticas, que han mentido sistemáticamente
respecto a su nefasta gestión económica, y las grandes potencias financieras
centroeuropeas (léase la banca alemana), que bajo la excusa de la ortodoxia
económica pretenden constituir una Europa dual en la que la periferia mediterránea
ocupe un papel subsidiario respecto al núcleo duro franco-alemán.
Y hete aquí
que los griegos, dos mil quinientos años después, nos siguen dando lecciones de
democracia. Porque, en contra de lo acostumbrado por estos lares en que los
gobiernos actúan sin preguntar, el gobierno de Syriza ha utilizado el mecanismo
más democrático posible para legitimar su oposición a la hoja de ruta marcada
por la troika. Un referéndum que ha contestado abrumadoramente a los agoreros
que amenazaban con la exclusión de Grecia del selecto club del euro, dando la
medida de un pueblo sabio y antiguo que ha perdido muchas cosas, pero que no
está dispuesto a renunciar a la más importante, su dignidad.
Porque de
este episodio hemos aprendido varias cosas. La primera, que en griego NO se
dice OXI. La segunda, y más importante, que se puede decir NO, u OXI, sin que el mundo se hunda bajo nuestros pies. Y,
la definitiva, que no todos los gobernantes son iguales, que se puede y se debe
nadar contra corriente cuando la corriente nos quiere arrastrar a un futuro sin
esperanza y con una creciente desigualdad. Que hay que saludar y apoyar
gobiernos que tengan en cuenta a sus ciudadanos, que les pregunten y les escuchen,
que representen realmente sus intereses, y no solo de una manera nominal y
difusa ocultando sus verdaderas servidumbres.
La lección de
los griegos nos remite a la radicalidad, a volver a las raíces, a la asamblea
en el Ágora, al protagonismo de la ciudadanía. A la libertad de elegir y a los
derechos de las personas tan duramente conquistados en el proceso civilizatorio
que nos ha traído hasta el presente. Porque este invento antiguo, la
democracia, o se construye cada día con la práctica democrática o termina
siendo un gran fraude para vestir de lo que no es a la tiranía de los mercados.
No es la primera vez -ni seguro será la última- que en este blog recurro al poema de Cernuda “La poesía es un arma cargada de futuro” para expresar esta vez, una vez más, que en estos tiempos convulsos resulta imprescindible tomar partido hasta mancharse; esto es lo que hago hoy con un texto pragmático, suscrito ex-aequo con mi compañero y sin embargo amigo Antonio Sánchez Santos, para mover a la reflexión sobre una apuesta necesaria. Porque hoy si cabe la posibilidad de desalojar del poder a estos individuos que han dejado sueltos a los peores demonios que arrasan el solar patrio y para ello hay que apoyar a quienes están en esa lucha con vocación de darle una vuelta a la tortilla y construir un país más habitable y humano.
Pasen pues y lean. Luego actúen en consecuencia, porque hay trenes que sólo pasan una vez y luego no valen lamentos cuando los vemos desaparecer dejándonos detrás en un páramo yermo a merced de los buitres.
DIEZ REFLEXIONES PARA APOYAR LA CANDIDATURA DE TANIA SÁNCHEZ Y MAURICIO VALIENTE A LAS PRIMARIAS DE IU-CM
El momento político actual está marcado por el debate acerca de la confluencia de las fuerzas de la izquierda transformadora que permita la creación de un contrapoder real que logre arrebatar el poder en las instituciones al bipartidismo tradicional. Para lograrlo será preciso que quienes encabecen los procesos de confluencia desde las distintas fuerzas en liza estén verdaderamente convencidos de su necesidad y de los pasos a dar, más allá de las declaraciones de principios, superando las inercias que históricamente han limitado los procesos de unidad. Por ello valoramos como muy positivo el que IU haya apostado por abrir procesos de confluencia y haya establecido primarias abiertas, aunque creemos que no todas las candidaturas que se presentan a las primarias abiertas de IU en la Comunidad de Madrid están convencidas de apostar decididamente por materializar una alternativa que ponga fin a los gobiernos al servicio de la oligarquía financiera.
——oOo—–
• La mitificada “transición democrática” en España fue un proceso posibilista fuertemente marcado por el miedo y por las enormes presiones de un sistema dictatorial cuyos dirigentes pretendieron -y en gran medida lograron- perpetuar su poder e influencia. Las renuncias de la izquierda transformadora para evitar la ruptura social nos han conducido a este estado de cosas, en que la presión del verdadero poder, el poder económico que nadie ha elegido, ha convertido el ámbito político-institucional en un poder subsidiario, para crear el entorno que permita la acumulación de los recursos en las manos de los de siempre, generando desigualdad, explotación y exclusión. Hoy la gente está harta de gobiernos que no son capaces de acabar con el infame nivel de desempleo, que restringen cada vez más libertades y derechos, que benefician descaradamente a las grandes corporaciones y que desmantelan el sector público que es fuente de garantías y derechos mientras utilizan sus restos como campo de depredación y de prácticas corruptas. Por todo esto es absolutamente necesario devolver a la política su significado original de gestión del interés colectivo, y esto pasa por una redefinición radical del sentido de la política, de su ámbito de actuación, de sus métodos y de su control efectivo por el conjunto de la ciudadanía.
• Nos hallamos pues ante un momento histórico que quizá no vuelva a repetirse, al haberse abierto una ventana de oportunidad inédita hasta ahora para lograr un vuelco institucional que permita la derrota de las opciones partidistas que sustentan la hegemonía del capitalismo financiero y por tanto comenzar el proceso que siente las bases de unas instituciones públicas al servicio del pueblo. Desaprovechar esta oportunidad puede ser un error irreparable.
• Para cambiar el actual estado de cosas, los debates identitarios (como por ejemplo el de la dialéctica izquierda-derecha vs. los de arriba-los de abajo, o el de conflicto de clase vs. ciudadanía), no dejan de ser filigranas retóricas que, bajo la excusa de analizar las causas profundas de la crisis social, sirven como elementos de crítica y exclusión de otras opciones y frenan las posibilidades de convergencia en la lucha frente al enemigo común, que es el capitalismo. Son la justificación conceptual de ese cainismo disgregador que siempre ha mantenido dividida a la izquierda, para notable regocijo de quienes si tienen claros sus intereses de clase (las oligarquías financieras), que saben bien cómo actuar unidos en base a su interés común.
• IU tiene un techo de voto que baja, a tenor de las encuestas, en la medida que se nos percibe como parte del entramado institucional connivente con las prácticas corruptas. No vale decir que hemos tomado medidas y expulsado a los chorizos cuando es palpable que persiste un aparato cuya acción pasada sigue al menos bajo sospecha.
• A este “aparato” histórico hay que sumar un nutrido grupo que, tirando de esencialismo y reivindicación de la marca, despliega una inusitada actividad y combatividad con una más que probable intención de constituirse en el próximo aparato y/o de optar a figurar en las listas para garantizarse un puesto institucional.
• En los próximos comicios no se trata de salvar los muebles, o de lograr pequeños avances en la representación. Hay que salir a ganar, porque la situación así lo exige. Y para ello no sirven candidaturas de perfil bajo con compañeros/as probablemente muy válidos, pero desconocidos y por tanto sin capacidad para ilusionar y movilizar al electorado. La proyección pública de Tania es hoy en día un activo que no podemos permitirnos desaprovechar.
• Deberíamos tener claro que las organizaciones no son sino los instrumentos necesarios para la transformación social. Por mucho que apelen a nuestra memoria emotiva, hemos de considerarlas bajo criterios de utilidad. Cuando dejan de cumplir su función, o nuevos instrumentos se revelan más eficaces como agentes del cambio, no tiene sentido idealizarlos “porque representan nuestra lucha histórica”. Lo que pudo ser una útil herramienta se convierte así en un lastre para avanzar.
• No debemos ser tan ingenuos como para pensar que vamos a ser la vanguardia de la confluencia de fuerzas necesaria para generar un contrapoder cívico que derrote a las alternativas al servicio de la oligarquía financiera. Hay otras alternativas que han sabido leer incluso mejor que nosotros las claves de la movilización popular necesaria para superar la idea de que solo era posible el juego político dentro del sistema tradicional bipartidista. Hoy la fuerza de los hechos y el hartazgo de la gente han roto el mito de que solo la alternancia de los dos grandes partidos puede garantizar la acción de gobierno y en la lógica de lo posible aparece ya otro escenario. Nosotros/as debemos estar ahí para construirlo.
• En esta confluencia de fuerzas no sobra nadie. Cualquier esfuerzo en generar ese bloque de contrapoder ciudadano será necesario, aunque no suficiente. No es de recibo que estemos continuamente hablando de confluencia, y a la vez estemos de hecho poniendo límites, condiciones, sospechas e incluso acusaciones a quienes deben ser nuestros compañeros de lucha. La confluencia no debe ser un discurso en el que los demás tienen la culpa de que no se pueda lograr. Generosidad, altura de miras y colaboración tienen que ser valores interiorizados y aplicados realmente y no solo palabrería hueca. Sobra el personalismo, el afán de protagonismo, la intolerancia y el desprecio hacia los que no comulgan al 100% con nuestros planteamientos. Las diferencias no pueden ser tan importantes como para jugarnos el perder esta oportunidad histórica de cambio social.
• La candidatura de Tania Sánchez y Mauricio Valiente ha apostado nítidamente por la integración de todas las personas, fuerzas sociales y colectivos en un gran bloque común con ambición y vocación de poder político, para emprender la dura tarea de recuperar la política para los ciudadanos, abriendo puertas a la participación porque esta es una tarea de todos/as, y no solo, como hasta ahora, de unos pocos.
Quienes quieran inscribirse como simpatizantes de IU-CM (hasta el 15/11/2014) y poder votar en las primarias abiertas el 30 de noviembre, pueden hacerlo a través del siguiente enlace http://www.iucm.org/index.php/primariasabiertas
Antonio Sánchez Santos Alberto Gil Fernández
Politólogo Sociólogo y Antropólogo
Concejal de IU en Parla (Madrid) Ex – concejal de IU en Parla (Madrid)
En una entrada anterior
definía los últimos comicios europeos
como la mejor de las encuestas sobre el estado de la opinión pública. También
apuntaba la singularidad de los resultados como definitorios de una ruptura de
la lógica bipartidista que se había instalado en nuestra democracia y esbozaba que podía suponer –con
matices- la apertura de una ventana de oportunidad para la
sustanciación de un contrapoder
ciudadano con aspiraciones de control de los mecanismos institucionales del
poder.
Analizar
este fenómeno daría para mucho más de lo que admite un artículo como éste, amén
de que ya se han pronunciado toda serie de opinólogos, más o menos cualificados
– e interesados- , sobre causas, antecedentes y razones con que explicar los
novedosos resultados, así como de las implicaciones presentes y futuras del
nuevo escenario que representan. De ahí que no pretenda sentar cátedra o establecer verdades palmarias, sino ofrecer en varias entradas
(juro solemnemente que las menos que pueda) algunas claves sobre los porqués y
los cómos que nos han traído hasta el momento presente y plantear algunos elementos sobre los marcos de actuación para consolidar un
proyecto aglutinador de la izquierda transformadora.
Tengo
que confesar que no creo en la equidistancia, y doy la razón por anticipado al
que me acuse de parcial. Soy, sin complejos, de izquierdas. Y, a mayor abundamiento,
miembro cotizante de IU, aunque muchas veces crítico con su organización, mucho
más que con su propuesta política que me parece válida en lo fundamental. Lo
que no impide que sea, o haya sido, muchas otras cosas: cincuentón y padre de familia, empleado público pero antaño
en el sector privado, simpatizante del
15M y defensor radical de la participación ciudadana, sindicalista,
activista en las luchas estudiantiles y vecinales o científico social de
formación, entre otras. Condiciones todas ellas que, lejos de nublar mi entendimiento, son las que
me proporcionan los mimbres con que tejer esta reflexión.
Para
entender cómo hemos llegado hasta la situación actual creo que es necesario
identificar y caracterizar un momento histórico en el que confluyen tanto una
tendencia global que incluye el neoliberalismo económico instaurado tras la
ruptura del equilibrio bipolar de la guerra fría y el resto de fenómenos
derivados de la globalización, como
otros elementos específicamente hispanos que han marcado la práctica política y
social en nuestro pasado reciente. Entre
los primeros es fundamental la
desconexión definitiva entre la economía y la esfera productiva que ha dado
origen a una lógica inmisericorde de apropiación basada en la actividad financiera,
lo que implica que alrededor del 90% del capital mundial corresponda a
operaciones puramente especulativas que no corresponden a nada tangible que
pueda ser valorado. De los segundos empezaremos señalando la desconexión
radical entre la práctica de los partidos que han ostentado el poder político y
los intereses generales de la mayoría de la población, siempre a favor de los
intereses de las oligarquías económicas. Añadamos el autismo frente a las
demandas sociales y su represión, las prácticas corruptas, la mentira y la
manipulación en la comunicación pública, la desregulación que conlleva el
deterioro de las condiciones del trabajo, el escandaloso aumento de la
desigualdad, la supresión de derechos, garantías y libertades o el
desmantelamiento de los elementos del
escaso e incompleto estado del bienestar de los que disfrutábamos
(educación, sanidad, ..) entre otros muchos que podríamos identificar
fácilmente.
Como
vemos, toda una ofensiva perpetrada al calor de una pretendida “lógica de lo
inevitable” cuya inmediata justificación es la omnipresente crisis
económica, y que no es sino un reflejo
de políticas interesadas para el cumplimiento de la gran agenda oculta
del capitalismo financiero, que son promovidas no solo por el gobierno del
estado sino desde las instituciones transnacionales (U. Europea, FMI, BCE,…) y que
vienen apoyadas en un trabajo constante sobre elementos simbólicos y
comunicativos para forjar mitos que desactiven la posible contestación y
resistencia de los que hablaremos más adelante.
Valgan
estas líneas como introducción antes de entrar más a fondo en intentar explicar cómo nos han podido
llevar nuestros gobernantes hasta este huerto. También nos preguntaremos que
cómo es posible que, como país, nos hayamos dejado llevar hasta aquí, y si es
posible cambiar de rumbo y encontrar una
salida hacia otro modelo posible.
Las elecciones
europeas de 2014 han sido consideradas no sin razón como la mejor de las encuestas
posibles sobre la situación política actual. Sus resultados son inapelables, no
parten de una muestra - abarcan el universo completo- y no
caben sesgos ni cocinas siempre a favor de las interpretaciones e intereses de quienes financian el
estudio. Pero con todo, hay que tomarlas
apenas como una foto fija de algo tan inestable y difuso como es la opinión
pública en estos momentos, aunque nos muestren efectos que hay que evaluar
más allá de lo coyuntural al haber
evidenciado una ruptura del consenso bipartidista en la que los dos grandes
partidos de gobierno han sufrido una importante sangría de votos.
A su vez
la novedad estriba en el incremento del voto a las opciones hasta ahora
minoritarias y en el surgimiento de nuevos actores políticos que, en ambos
casos, canalizan el hartazgo de la ciudadanía frente a una acción de gobierno
rendida desde hace décadas a los intereses de la oligarquía económica , que ha
permanecido ausente, cuando no
abiertamente hostil, frente a las demandas populares y que ha sometido a la mayoría de la población
a un empeoramiento de sus condiciones de vida bajo la excusa de la austeridad
necesaria para superar la ”crisis
económica” (que no es sino la derivada necesaria de una lógica de acumulación
sin precedentes que caracteriza al capitalismo financiero que ha venido a
sustituir desde finales del pasado siglo al capitalismo industrial) .
Vaya por
delante agradecer que en nuestra España, este país de todos los demonios, la reacción frente a las políticas del “austericidio”
no se haya traducido, como en muchas otras naciones europeas, en un repunte de
las opciones populistas de extrema derecha con un discurso xenófobo y excluyente, quizá
por la singularidad de que la mayoría del segmento de población susceptible de atender
a tales proclamas lleve ya tiempo cómodamente instalado en ese contenedor de la muy particular y racial derecha hispana que es el PP.
De cualquier
modo cabe pensar que se abre un marco inédito de posibilidades para que, más
allá del ovbio varapalo infligido a los grandes partidos institucionales como
hecho puntual, podamos afirmar que se abre una ventana de oportunidad para la
consolidación de un proyecto alternativo al del poder sumiso a la lógica
económica, con auténtica vocación, pero sobre todo con una posibilidad real, de
ofrecer un contrapoder desde la exigencia ética y la ciudadanía. Posibilidad
esta que no está exenta de dificultades y que sin duda encontrará escollos
monumentales para su materialización, como evidencian tanto la andanada de descalificaciones vertidas
desde los ámbitos del poder como las
reticencias de tantos que quieren el cambio pero siguen anclados en
particularismos y hechos diferenciales (por no hablar de la gestión de las
cuotas de poder). Organizar algo tan diverso y multiforme no deja de ser una
tarea titánica y aparte de la voluntad y el esfuerzo será necesario luchar
contra mitos, intrahistorias, banderías, narcisismos y otras tantas debilidades
de la condición humana que siempre estarán allí para comprometer los
resultados.
Por el momento
lo dejo ahí, sin entrar más a fondo en casos ni causas. Tampoco en insistir en
la necesidad de aprovechar esta ventana de oportunidad por parte de las fuerzas
de la izquierda transformadora, porque todos los implicados, al menos
nominalmente, coinciden en la misma. Yo
sigo pidiendo lo de siempre: generosidad y altura de miras. Porque nos jugamos
mucho, ni más ni menos que seguir sufriendo la historia o pasar a
protagonizarla. Y porque por primera vez en mucho tiempo, al ver los rostros de
nuestros pésimos gobernantes, uno
advierte que el miedo está empezando a cambiar de bando. Les preocupa perder sus privilegios
construidos con lo que nos niegan a la
mayoría, y ya va siendo hora de reivindicarnos no como siervos, sino como
ciudadanos conscientes y responsables de
construir nuestro presente y nuestro futuro.
Esta cita del Quijote, que los
lingüistas Rodríguez Marín, Martín de Riquer o Francisco Rico aseguran que no
quiere decir más que lo que dice, ha mutado y cosechado el éxito popular en un
país como el nuestro, que en lo tocante a la sacra institución oscila entre la
sumisión y el desprecio, tansformándose en
la más conocida “con la
Iglesia hemos topado, amigo Sancho”. Así, la referencia puramente
topográfica de encontrarse con el singular edificio deviene en lamento crítico frente
al temible poder espiritual y terrenal que, abierta o subrepticiamente, despliega
la curia desde su sede romana hasta alcanzar los más recónditos lugares. Es
este un poder coercitivo por cuanto impone modas y modos de vida mediante sus
dogmas, en los que no cabe la duda porque son dictados por instancias
infalibles, y que en su afán de universalidad condicionan a propios y ajenos incrustándose
en el habla y en las mentes, en pugna con la razón, con la promesa de premios
sin igual y la amenaza de castigos igualmente fabulosos que a todos se nos
otorgarán sin excepción, aunque sea en otro mundo atemporal y situado en
ninguna parte, cuando volvamos a ser polvo de estrellas.
Cuando
en pleno siglo XXI, en la última etapa de un progreso basado en el desarrollo
de la razón, perviven, y con fuerza, estos residuos del pensamiento mágico y
precientífico, hemos de preguntarnos por qué tanta gente sigue expuesta y
dispuesta a engrosar las filas de unas iglesias que explotan como producto
estrella la fe, ese recurso irracional de la mente humana que permite creer en
algo contra toda evidencia. Desde hace tiempo estoy convencido de que el éxito
de las religiones se basa en que proporcionan explicaciones sencillas y
asequibles incluso para los problemas más complejos a los que se enfrenta la
mente humana (con la pequeñasalvedad de que sus respuestas son, en su mayoría, falaces). Súmese
a lo anterior la garantía de la tradición y una puesta en escena sobrecogedora -la
liturgia- que empequeñece al individuo para infundirle la adecuada dosis de
temor de Dios –sumisión- y tendremos los ingredientes para constituír la ecúmene
de los mansos, dispuestos a ser guiados por sus pastores espirituales en sus
asuntos terrenales con una eficacia y una firmeza que ya quisieran para sí partidos,
gobiernos e instituciones.
Viene
a cuento lo anterior por la última jugada que nos ha ofrecido la sede vaticana,
con la inédita dimisión de Joseph Ratzinger, dizque por cansancio, y la elección del nuevo papa, Francisco I, en
lampedusiano ejercicio de cambio para que todo permanezca igual. La Iglesia Católica, Apostólica y
Romana viene sufriendo un permanente cuestionamiento por la ligereza con que ha
permitido, en ostensible ejercicio de cinismo, que convivan en su seno un
discurso conservador y ultramontano con unas prácticas, tanto en lo moral como
en lo económico, incompatibles con su propia teoría, que causan por igual
alarma y rechazo. Y no se trata solo de las reticencias a asumir las evidencias
históricas de su sistemática promoción de guerras, torturas, inquisiciones,
persecuciones o evangelizaciones a golpe de crucifijo, sino de la
insensibilidad con que manejan cuestiones tan actuales como los abusos a
menores por miembros del clero, el cerril rechazo al uso de los preservativos incluso
en áreas tan azotadas por el SIDA como el África subsahariana, las oscuras
operaciones económicas de la banca vaticana y de los gestores de su riqueza en
otros países, su afán de condicionar las
políticas públicas en base a sus intereses (como cuando se intenta permitir el
ejercicio de sus derechos a las minorías sexuales) o su pretensión de seguir
utilizando los recursos públicos (como la educación) para difundir su ideología.
Por
tanto, y pese a la coartada de lo espiritual, son tantos los intereses temporales
de esta iglesia que dan pie a especulaciones de todo tipo sobre los
motivos últimos y verdaderos de todo este tinglado, cuya principal virtud ha
consistido en borrar de las escaletas de los medios muchísimos otros asuntos, desplazados
por la parsimoniosa coreografía carmesí del colegio cardenalicio, cegados por
el brillo de dorados palios e inmaculadas casullas y ensombrecidos por el humo
de fumatas de diseño que anuncian al señalado por el Espíritu Santo como
vicario de Dios en la tierra y oráculo de sus designios. Un espectáculo sin
duda grandioso en el que el papel de primer intérprete le ha corresponido a un
cardenal argentino y jesuíta, del que
las primeras referencias apuntan a su connivencia con las autoridades de la dictadura
de Videla y a su militante oposición al matrimonio homosexual y al aborto.
Primer papa latinoamericano, probablemente a causa del temor a la pérdida de
influencia en un área estratégica en la que comienzan a ser desplazados por
otras iglesias protestantes, y en la que el dinamismo social de los gobiernos
de progreso también puede resultar una amenaza a su tradicional influencia como
poder fáctico.
A
falta de comprobar el sello personal que su todavía desconocida figura imprima
al trono del pescador, nada hace presagiar que no vayamos a encontrarnos una
vez más con más de lo mismo: una institución opaca y ensimismada que seguirá trabajando
en el empeño de explotar en monopolio su franquicia de la voluntad divina para
consolidar y mantener ese poder temporal del que dicen renegar, pero que
atesoran con mano de hierro.
Hace algún tiempo, en este mismo
sitio, lamentaba yo el despropósito megalomaníaco del trilero de primera Sheldon
Adelson conocido como Eurovegas[1].
Fabuloso cuento de la lechera y prometido paraíso del vicio cuyo planeamiento,
seis meses después, sigue siendo un misterio de mayor enjundia que aquellos de
Fátima. Salvo vagas promesas e hinchadas declaraciones sobre la magnificencia
del proyecto, barajando como reclamo cifras mareantes de inversión y empleo, pero
eludiendo conscientemente la problemática asociada a un desarrollo como el que
parece que se propone, pretenden convencernos desde el entorno del PP de las
bondades de este país de las maravillas en versión Las Vegas que hará fluir
ríos de dinero para solaz y disfrute de todos, aunque todos nos tememos que ya
está decidido quienes pondremos la pasta y en qué cuentas reservadas terminarán
desembocando tan suculentos caudales, si es que el tal engendro llega a realizarse en todo o
en parte.
Pero hete aquí que el avispado
presidente y concejal portavoz del PP local de Parla acaba de descubrir una
maravillosa derivada de tan controvertido invento que permitirá acabar con el
desempleo en esta localidad gracias a su providencial intervención, recogiendo en
la sede popular los currícula de los habitantes de sus dominios (que no de sus convecinos,
puesto que es conocida su residencia en el madrileño barrio de Salamanca), para,
en un impreciso futuro, hacerlos llegar a los “responsables” del ludoparque
temático, que con seguridad sabrán valorar y reconocer la garantía que les
ofrecen quienes sean presentados por tan solvente recomendador. Lo que no
sabemos, por ahora, es qué tipo de empleos son los que se ofrecen, ni en que
condiciones laborales, para ir ajustando los perfiles y adquiriendo las debidas
competencias. De momento a D. Miguel Ángel López, que tal es el nombre del edil,
esta nueva boutade[2] le ha
servido para incendiar las redes sociales y para salir sacando pecho en los
medios, ávido de gloria por autoerigirse en salvador de los desheredados, olvidando
quizás que lo son fundamentalmente por las políticas económicas y laborales de
su propio partido.
Uno tiene serias dudas de si este
disparate, que además tiene aspecto de contravenir no solo los principios
éticos más elementales o el sentido común, sino directamente y en varios
aspectos la legalidad vigente (véase la normativa sobre agencias de
intermediación laboral o la ley de protección de datos de carácter personal,
por ejemplo) es fruto de la inconsciencia o de la irresponsabilidad. En el
primero de los casos nos hallaríamos ante un incompetente. En el segundo, ante
alguien que cree que en política todo vale, hasta el engaño, para lograr
réditos electorales. En ambos casos lo único que se demuestra es un burdo
intento de generar clientelismo político jugando tramposamente con las
necesidades de unos ciudadanos previamente machacados y desposeídos por esta derecha
nefasta que sufrimos en España.
¿Sorprendidos? Quizá puedan estarlo
quienes no conozcan la trayectoria del personaje, exalcalde de Torrejón de Velasco,
donde sus vecinos, las hemerotecas (y las cuentas públicas) pueden dar fe de los
“éxitos” de su gestión. Tampoco se sorprenderán quienes conocen su condición de
propietario de numerosos terrenos, sobre todo en el área de desarrollo industrial del PAU-5 de
Parla (de cuya Junta de Compensación fue presidente), cuya puesta en marcha siempre
fue considerada fundamental por todos los grupos políticos para la generación
de empleo que garantizara el crecimiento sostenible de la localidad y que todavía
hoy permanece en barbecho (con lo que muchos pensamos, a falta de mejor explicación ¿no
será porque los propietarios de las tierras no han podido satisfacer sus
expectativas de ganancia?)
-+
Nada nuevo bajo el sol. Por
desgracia empieza a ser hasta rutinario que nos mientan por sistema y que nos
intenten convencer de que llueve cuando nos están meando encima. Y habrá
incautos, todavía, que piensen que estos siniestros personajes pretenden hacer
algo más que defender y aumentar su poder y su patrimonio. Que su destino les
pille confesados.
[1] El
irresistible encanto de los trileros, en http://detodoslosdemonios.blogspot.com.es/2012/09/el-irresistible-encanto-de-los-trileros.html
[2] Otra de
sus geniales ocurrencias fue pretender que se cancelaran las deudas tributarias
municipales de sus empresas con el importe de las dietas de los concejales de
su grupo, que ya luego les pagaría él, si eso. También, pero por omisión, este
paladín de la lucha contra el desempleo nada ha dicho respecto al ERE de
Telemadrid, ente del que es Consejero por obra y gracia del PP.
Cuando en este
país los demonios andan sueltos y campando a sus anchas, al otro lado del
charco despiden en loor de multitudes a Hugo Chávez Frías, carismático y
controvertido líder de la revolución bolivariana en Venezuela, que tuvo el
valor de enfrentarse a muchos de los demonios que, de la mano del imperialismo,
se habían asentado en el cono sur americano. Esos demonios que denunció en su
momento Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, y que
provocaron que países inmensamente ricos en recursos fueran el hogar de pueblos
pobres y desasistidos, víctimas de una situación de dependencia sostenida por unas
élites políticas vendidas a los intereses de las potencias occidentales, y
sobre todo del amo yanki, que siempre
consideró al sur como su patio trasero, su despensa y su coto privado,
del que podía servirse a su entera conveniencia.
Desde su
independencia, ya fuese mediante los más turbios dictadores, o con remedos de presidencias
“democráticas”, pero podridas hasta la náusea, la mayor parte de la riqueza de
las naciones americanas había sido expoliada sistemáticamente para sostener el
desarrollo del primer mundo, eternizando su condición de países “en vías de
desarrollo”; un desarrollo que nunca terminaba de despegar, acuciado por
relaciones comerciales desequilibradas e injustas, por sistemas políticos y
sociales en los que la corrupción era seña de identidad y penetraba todos los
estamentos, y más recientemente por las presiones de una deuda ilegítima vinculada a las condiciones leoninas impuestas por los organismos financieros
transnacionales.
Hasta hace
bien poco, la soberanía nacional en Latinoamérica, si entendemos como tal la
capacidad de las naciones para decidir sobre qué camino desean tomar sin
imposiciones ajenas, era poco más que un deseo utópico. Con sola excepción de
Cuba, el largo brazo de la política exterior estadounidense había logrado poner
y quitar gobiernos, ya fuera mediante el dinero o por oscuras operaciones
encubiertas, civiles y militares, de sus
servicios secretos para garantizar sus intereses (recuérdese a F.D. Roosevelt
refiriéndose a Somoza diciendo que “puede que sea un hijoputa, pero es nuestro
hijoputa”). Pero últimamente, la victoria de las opciones de la izquierda parece
estar consiguiendo que cambie el panorama. Con diferentes grados y estilos, líderes
como Lula, Evo Morales, Correa, Múgica, y, singularmente, Hugo Chávez, se dispusieron
a tomar al fin las riendas del desarrollo de sus países, esto es, recuperar la
soberanía nacional, para promover al fin el desarrollo de los pueblos y no solo
de sus clases privilegiadas.
En el caso
venezolano, la firmeza con la que Chávez puso en marcha su proyecto
bolivariano, enfrentándose a los intereses de las multinacionales occidentales,
le granjeó inmediatamente la animadversión
del poder político y económico internacional, que lanzó una desproporcionada ofensiva
mediática para presentarle como un dictador golpista y populista y por tanto un serio
peligro para la estabilidad de la zona. Es cierto que a ello ayudaba la
personalidad tumultuosa e histriónica del propio personaje, pero no lo es menos
que pese a este carácter (o a lo mejor por ello) supo conectar con las clases
populares venezolanas, que por primera vez encontraron un lider que hablaba
como ellos mismos, y que, tras hacerse con el control público del valioso
recurso petrolero, invirtió en los desheredados, que empezaron a disfrutar de
recursos inéditos como la educación, la vivienda o la sanidad. Por más que se
quiera denostar al personaje, y pese a que subsisten serios problemas como la
seguridad ciudadana, las cifras que refrendan los resultados de su gestión son
contundentes: la reducción de la pobreza del 43,9% en 1998 al 24,5% en 2011, y
especialmente de la pobreza extrema, la generalización de la alfabetización y
la puesta en marcha de programas sanitarios, o la fuerte reducción de las
desigualdades (el índice de Gini pasó del0,486 al 0,390en el mismo periodo) tienen suficiente
entidad como para sobreponerse a la crítica de las formas o los mensajes.
Pero, con
todo, los resultados del liderazgo de Hugo Chávez no se limitan al ámbito
venezolano. Su fuerte personalidad le ha permitido liderar iniciativas
regionales como el ALBA, y exportar elementos de la propuesta bolivariana que
han sido asumidos con interés por los gobiernos de progreso de los países del
entorno, lo que ha convertido a Latinoamérica en el área más dinámica del globo
en lo que se refiere a desarrollo social y económico. Justo cuando en un
arranque de dignidad nacional, sus gobiernos han abjurado de las recetas del
FMI y el BM (las mismas que mantienen a Europa en una crisis sistémica que
mantiene congeladas sus economías nacionales), para controlar desde el poder público
los sectores estratégicos de la economía, poner freno expeditivamente a las prácticas
depredatorias de las multinacionales y promover políticas verdaderamente
redistributivas, que alcancen a los eternos olvidados.
Personalmente
suelo recelar de los hiperliderazgos, porque creo en las bondades de la
horizontalidad y en el conocimiento y el poder compartidos. Pero, hoy por hoy, tanto
la carencia como la sobreabundancia de información, no suelen permitir la
reflexión necesaria (y menos al nivel de poblaciones enteras) para tomar las mejores
decisiones, y todavía la opinión pública es voluble e imprecisa, necesitada de
intérpretes de la realidad que señalen el camino a seguir. Para Venezuela, y
para el mundo, el excesivo comandante ha resultado ser un visionario capaz de
infundir esperanza a los parias de su tierra. Y, como alguno ya ha advertido,
se equivocan los que piensan que su prematura muerte deja tocado su proyecto y que,
a través de la oposición, terminará retornando
el orden imperial de las multinacionales. Ciertos líderes, como el Cid o como
Gandhi, ganan sus más grandes batallas después de muertos, cuando se convierten
en mitos, en referencias icónicas de lo que significa luchar por unas ideas en
vez de por acumular dinero. Hugo Chávez seguirá siendo recordado cuando de los
libros de historia se hayan borrado, por irrelevantes, Rajoyes y Mérkeles, o Aznares
y Berlusconis.
Los demonios de este país han
tomado cuerpo y deambulan con descaro por la piel de toro asomándose impúdicos
a diario en nuestras casas a través de las ventanas digitales de nuestras cajas
tontas (la tele) y listas (ordenadores con internet). Pasean estirados sus figuras
silentes, con aires de damisela agraviada, cuando son requeridos para
justificar de alguna manera sus acciones que casi siempre tienen que ver con
haberse apropiado, para sí o para los allegados, de lo que no debería ser suyo sino de todos. Desconocen
la vergüenza –por no hablar de la ética- , que han cambiado por una pose
ofendida y retadora que enarbolan ante cualquiera que ose cantarles las verdades
del barquero y señalar sus culpas. Han conseguido al fin que la justicia social
se encuentre en el solar patrio sepultada bajo innúmeros estratos de corrupción
y de prebendas logradas al calor de un poder que será legal, pero en ningún
caso legítimo.
Nos
vendieron la moto –digo, el mito- de que la democracia representativa era el
mejor de los sistemas posibles, o siquiera el menos malo. Después nos
convencieron de que como ellos trabajarían por el bien común, podíamos vivir
despreocupados en una orgía de trabajo, ocio y consumo, que para eso éramos
parte del primer mundo, que ya no era moderno ni postmoderno, sino lo siguiente;
un mundo en el que las clases y las ideologías eran asuntos definitivamente del
pasado. El acceso a este país de las maravillas, total, sólo nos costaría el esfuerzo
de depositar en la urna dispuesta al efecto un cheque en blanco cada cuatro
años, y ya se encargarían ellos de lidiar con las macrocifras de la economía, que
es ciencia arcana y por tanto reservada a los elegidos que dominan e
interpretan su discurso, su transcurso y sus cambios de humor. Se guardaron bien,
eso sí, de leernos la letra pequeña: no nos contaron por ejemplo que los programas con que nos citaron en el
ruedo electoral tenían menos valor que un folleto publicitario, que por lo
menos te sirve para reclamar judicialmente si te engañan con el producto; o
tampoco que la receptividad ante las demandas expresadas por la gente en la
calle pudiera ser igual a cero, aderezada con una buena somanta de jarabe de
porra.
Ha
sido nuestra inacción como pueblo soberano la que ha permitido a este grupo de
demonios, encuadrados en instituciones tan venerables como son los grandes partidos
políticos “de estado” convencernos de que ellos, y sólo ellos, son los únicos
capaces de conducir la nave del estado. De que fuera sólo está el caos y la
anarquía, de que las propuestas que no controlan ellos directamente o son
trasnochadas o utópicas, irrealizables en todo caso. De que la única opción de
dar la vuelta a la tortilla es la alternancia, de modo que nada cambie porque
el mango de la sartén lo siguen agarrando los mismos desde fuera de la escena.
La
ficción se sostuvo durante los años de vino y rosas, pero la ambición de los
cleptócratas no conoce límites, y los márgenes destinados a mantener la cuota
de consumo de las clases medias pasaron a convertirse en objeto de deseo cuando
empezaron a decrecer los beneficios, se levantó la veda sobre los sistemas públicos
de protección social, con la enseñanza y la seguridad social como paradigmas, y
los que en otro tiempo fueron factores de estabilidad del sistema pasaron a ser
objeto de depredación inmisericorde. Como quiera que la desclasada y demediada
clase media sólo abre los ojos como clase trabajadora cuando se encuentra de
repente sin el trabajo definitorio de su status, quedó aturdida en semejante
paradoja y huérfana de referentes claros, noqueada por una realidad que de
repente le cayó encima cercenando a la vez su presente y su futuro.
Despojados
los lobos de sus disfraces de cordero por la obscena ostentación que algunos de
ellos han hecho del producto de su latrocinio, pretenden seguir haciéndonos
comulgar con ruedas de molino con la excusa de que se trata de hechos aislados,
negando la evidencia de la gravedad y la extensión de las prácticas corruptas
como inherentes a un sistema fallido y necesitado de un formateo que acabe a la
vez y por las bravas con las gastadas estructuras y con sus interesados ocupantes.
Pero, a la vista de lo sucedido en anteriores ocasiones, parece que gran parte
del rebaño, insensible a los mordiscos en su patrimonio y constreñido en un
redil cada vez mas estrecho, asitirá una vez más a la liturgia dispuesta a
ceder su destino a los mismos oficiantes, porque en esta sociedad del espectáculo,
como apuntaba Guy Debord, el espectáculo debe continuar. O, en términos algo más
de andar por casa, show must go on, que diría el malogrado Freddie Mercury.
Esto
en cuanto a quienes logren mantener –aunque sea a duras penas- unos mínimos
recursos que les permitan ir tirando a la espera de despertar de un mal
sueño y recuperar el paraíso consumista
que una vez fue aunque quizás nunca vuelva a ser lo mismo. Los que ya han
perdido sus bienes y viven con el temor de perder hasta su dignidad, oscilarán
entre la desesperanza y la indignación. El primer camino conduce a la nada y a la
destrucción, y unos cuantos, demasiados, ya lo han transitado cuando se han
visto sin hogar ni horizonte. El otro, más fecundo pero más peligroso, puede
llevar desde la ira a la conciencia y de ésta a la acción transformadora,
buscando a sus iguales y construyendo con ellos otro futuro posible. Pero también
corre el riesgo de enredarse en dislates de corte populista liderados por esa clase
de personajes que carroñean en las crisis en busca de la ventana de oportunidad
para vender sus pócimas milagrosas, que en realidad solo envenenan el cuerpo y
el espíritu.
Precisamente
por lo crítico del momento histórico, es más necesario que nunca cultivar con
sumo cuidado el valor de la ciudadanía, entendida como proceso de conciencia y
consciencia críticas del individuo en la sociedad. Porque para que todo cambie,
y no solo el color de la máscara del líder, hay que construir desde abajo la
alternativa. Hay que hablar y tejer redes de complicidad con los compañeros,
los amigos, los vecinos y hasta con los transeúntes. Y hay que empezar a
hacerlo ya, dejándonos de pamplinas sentimentales, reivindicaciones
autorreferenciales o debates identitarios, antes de que nos congelen
definitivamente y conviertan este país de todos los demonios en un campo yermo
en el que la única alternativa sea transformarnos en muñecos de nieve o
estatuas de hielo.
Ayer, una llamada inesperada
terminó desencadenando un ejercicio de nostalgia del que, casi veinticuatro
horas más tarde, todavía no he podido recuperarme. Venciendo una correosa
negativa a abrirme cuenta en Facebook, que venía arrastrando hace años por
considerarlo un innecesario –e incluso peligroso- expositor de las propias vergüenzas ante el mundo, la
red social me ofrecía de repente la posibilidad de recuperar el contacto con
los amigos/as del colegio. Gente que de la que, en algunos casos, hace más de treinta años que no sabía nada.
Con
medio siglo ya sobre nuestras espaldas, mis compañeros y yo mismo somos en
cierto modo, lo sepamos o no, huérfanos de una memoria que nos ha arrebatado
los espacios físicos de nuestra infancia. Un barrio de ladrillos rojos que nació
con nosotros en el albur de los 60 y que sucumbió a la piqueta cuando empezábamos
a volar fuera de él hacia nuestro destino como adultos, y un colegio blanco y
chato con oscuras galerías y patios segregados para niños y niñas que
desapareció incluso antes. Apenas quedan algunos poquísimos bloques de granito
de aquellos muros que de muy chicos se nos antojaban enormes e infranqueables,
y que aprendimos a ocupar durante largas horas entre risas y canciones cuando
dimos el último estirón.
Somos
huérfanos, también, porque nos tocó vivir unos años atropellados en los que
cambiaron muchas cosas, como cambiamos nosotros mismos. Debimos ser los últimos
niños de postguerra en una escuela en la que se formaba marcialmente en los
patios al son del “prietas las filas”, se aprendía a base de capones y
palmetazos y en mayo se traían flores a María, que madre nuestra es. Una
escuela con una directora, Doña Manolita, que nos ponía cada mañana una “máxima”
que teníamos que recoger para copiar en la pizarra de cada clase, y de la que nos
enteramos después que inventó el “día del padre” coincidiendo con San José
Obrero, para mayor gloria del Corte Inglés.
Éramos
niñas y niños de unas calles en las que se podía transitar y que eran nuestro
territorio hasta que nos llamaban nuestras madres a gritos para subir a
merendar pan con chocolate, o con mantequilla y azúcar, lo que tocara. Unas
calles en las que aprendimos a vivir con las rodillas desolladas haciendo guás
para las canicas, o fogatas que nos costaban un tirón de orejas cuando volvíamos
oliendo a humo. En las que la calzada podía ser la frontera de una batalla a
pedradas que invariablemente acababa al primer escalabrado y en la que cada
plaza era un fortín a conquistar. En las que, a falta de tecnologías, jugábamos
al escondite y a las cuatro esquinas, o a la taba, o al gol regañao, caótico
partido de un fútbol sin reglas ni límites, como nuestra ingenuidad.
Éramos
niños y niñas alegres en un país triste, en blanco y negro, en el que intuíamos
que pasaban cosas que no se decían en alto. Donde aparecían pintadas que nadie
sabía quien hizo jugándose la cárcel. Y todo, sin darnos cuenta, y como nosotros,
iba cambiando. Aprendimos a juntarnos y a conocernos, niños y niñas a quienes nos habían
segregado por un mojigato concepto del pecado, según íbamos
creciendo y las calles y los televisores se iban llenado de colores, los profes
y las profas iban siendo menos huesos (aunque ojo con Don Ramón, el malo de los
hermanos Polvorinos), y nosotros nos preparábamos para comernos el mundo.
Cuando
empezábamos a conocernos y a despertar a la vida se nos acabó el cole y empezamos
cada uno a buscar nuestro camino. Algunos seguimos viéndonos mientras el tiempo
iba haciendo su trabajo depositando un fino velo de polvo sobre nuestros
recuerdos, y nuestra pequeña patria de la infancia desaparecía para renacer en
grises y fríos bloques de hormigón mientras nosotros –la mayoría- nos alejábamos.
Pero eso forma ya parte de otra historia.
La crisis, así, con
su artículo determinado, es la palabra clave que define el contexto de
cualquier cosa ahora mismo. Se ha convertido en el marco de todas las fotos, en
la pantalla que nos sirve las imágenes confusas de un mundo incierto y
amenazante, o en el papel en que se escriben las noticias de los daños,
colaterales o no, que provocan en el pueblo llano políticos y banqueros al
alimón y también los sesudos estudios que nos auguran negros presagios para el
futuro próximo.
Es palabra
tramposa, que vale para explicar y justificar hasta lo injustificable. Que lo
mismo sirve para excusarse por haberte dejado sin empleo que para cargarse el
sistema sanitario o educativo. Que sirve, sobre todo, para confundirnos sobre
el origen y el alcance del verdadero problema: que hay unos cuantos que han
decidido ser cada vez más ricos a costa de que todos los demás seamos cada vez
más pobres.
Nos enteramos a
través de la Contabilidad
Nacional de que por primera vez los beneficios del capital,
que aumentarán este año en más de 12.000 millones de euros, superarán a las
rentas del trabajo, que caen globalmente casi 26.000 millones, en una tendencia
imparable de transferencia de rentas del trabajo hacia las rentas del capital
que aumentará durante el año 2013. Ya vemos para quién es la crisis y que
hombros deben soportarla.
Acaba de publicar
el Sindicato de técnicos del ministerio de Hacienda (GESHTA) un informe en el
que alude a las “clases medias” como las más castigadas por la omnipresente
crisis. Concepto curioso, el de clase media, que tanto ha servido para permitir
sacar pecho a la parte más acomodada de la clase trabajadora, que creyó ser lo que no era en un sueño que para algunos terminó abruptamente cuando de repente se quedaron
en la calle con una mano delante y otra detrás y que sus aspiraciones,
dependientes de un salario, se trocaban en exclusión por la vía del despido. Va
a ser que esto de la clase media, en el fondo, no es más que un espejismo para embarullar
y ocultar la vieja lucha de clases, que es concepto antiguo, pero que aflora a
la superficie cuando los vientos de la crisis se llevan por los aires los
ropajes postmodernos con los que se pretende taparla.
Llámense como se
llamen, clase media o trabajadora, son los de siempre, los de abajo, los
asalariados, los que a falta de otra cosa venden en el mercado su fuerza de
trabajo, manual o intelectual, los que financian a la postre el delirio
acumulativo de los tramposos que en esta partida de Monopoly tienen el cajón de
los billetes, que al final son los que se quedan con las casas y las calles y,
mira tu por dónde, con sus dados marcados nunca terminan, como deberían, en la
cárcel.
Que esta crisis que nos atenaza no es casual, ya pocos lo
dudan. Que es consecuencia de un proyecto ideológico de inspiración neoliberal
al servicio de unas élites financieras cuya voracidad insaciable alienta la
acumulación de la riqueza en unas pocas manos y, por tanto, aumenta la
desigualdad en perjuicio de las clases más humildes, es público y notorio. Que
los gestores del poder político han sacrificado el interés público (y lo siguen
haciendo) para beneficio de los privadísimos intereses de esas oligarquías de
las finanzas, resulta evidente cada día para más gente.
A grandes
brochazos, éste es el escenario que nos prepara una cierta clase de políticos
que entregados en cuerpo y espíritu al credo neoliberal, ofician sus ritos de
alabanza a la ortodoxia presuspuestaria y nos recetan y recitan sus mantras
plagados de eufemismos para intentar convencernos de que no hay otro camino a
la salvación que el que pasa por despojarnos de haciendas y derechos,
sacrificados a mayor gloria del Dios mercado, que en un arrebato de ira es
capaz de mandarnos una troika de ángeles blandiendo informes flamígeros para
expulsarnos del Edén crediticio europeo.
Como quiera
que la resultante es un panorama desolador de desempleo, de pérdida y deterioro
de los derechos sociales y los servicios públicos, de pobreza creciente y
preocupantes expectativas de futuro, la ciudadanía se indigna en proporciones
crecientes y, pese a los llamamientos de Rajoy a la indolencia, sale a las
calles a manifestar su indignación y a exigir cambios radicales. Así, en la
calle se encuentran tanto los que, desde hace tiempo, venían luchando desde las
organizaciones clásicas de la izquierda social (partidos y sindicatos,
fundamentalmente), como nuevas cohortes, sobre todo de jóvenes, que no se
sienten representados en sus intereses por las instituciones y manifiestan un
discurso con un notable tinte antipolítico.
Realmente,
las coincidencias de fondo entre las críticas y las demandas expresadas por los
nuevos movimientos sociales al calor del 15M y sus epígonos y las críticas y
reivindicaciones de la izquierda transformadora son más que notables. Sin
embargo hay una mutua desconfianza que impide, o al menos dificulta, una acción
conjunta que multiplicaría la eficacia de la movilización popular. De un lado,
el trasfondo antipolítico de al menos una parte de los integrantes de los
nuevos movimientos, tiende simplificar las condiciones del enfrentamiento dialéctico
entre poder y ciudadanía manejando el concepto genérico de “clase política”
como un entorno de privilegios, con sus propios intereses ajenos a los
ciudadanos, en el que incluyen genéricamente a todos los partidos, metiendo en
el mismo saco a la derecha neocon y a la izquierda revolucionaria que,
evidentemente, no tienen mucho en común. No tienen en cuenta, además, que el
problema no es tanto la “política”, cuanto la orientación de esta. Reivindicar
una democracia real en las calles es un acto profundamente político, porque implica reivindicar la política como dinamizador social, como elemento
vertebrador y de servicio a los ciudadanos frente a los que la han devaluado
sometiéndola al dictado de la economía de mercado.
Desde los
ámbitos tradicionales de la izquierda se observa con cierto recelo la
emergencia de los nuevos movimientos, a los que se lanza una velada acusación
de haber descubierto de repente la receta de las sopas de ajo, viniendo ahora a
incorporarse con pretensiones de vanguardia a una lucha que viene de lejos y
que ha ido cristalizando las historias, banderas y tradiciones que forman un
sustrato emocional y un imaginario común que conforma las señas de identidad de
quienes se sienten la avanzadilla simpre incomprendida del movimiento obrero, a la espera de las “condiciones objetivas” que
permitan desencadenar la ansiada revolución social.
Las
distintas trayectorias generan asimismo distintos marcos semánticos y de
comportamiento que agrandan la brecha, más a nivel emocional que de contenidos,
entre ambas realidades. Los liderazgos y
los esquemas organizativos aceptados en la cultura de la izquierda tradicional
como elementos de cohesión y refuerzo se perciben como constreñimientos y
resabios de autoritarismo desde unos movimientos sociales que van construyendo
su identidad desde la horizontalidad y la inclusividad. La izquierda clásica
lanza a los nuevos actores la acusación de ser un conglomerado difuso y meramente
reactivo, ensimismado en una asamblea
permanente que produce un discurso atractivo pero estéril, sin posibilidad ni
capacidad de articular una alternativa al poder opresor; desde el otro lado se contesta con la crítica a unos partidos fosilizados y autocomplacientes,
autorreferenciales con sus esencias e intolerantes frente a la heterodoxia, de un
discurso áspero y excluyente e impermeables
a lo que piensa la calle.
El
corolario de todo lo anterior es la convivencia en la misma trinchera y frente al mismo enemigo, de un frente popular creciente, pero fragmentado y segmentado, cuyas fuerzas se
escapan a veces en la crítica a quienes son sus naturales aliados de clase,
haciendo el juego a una derecha económica cuyo salvavidas es, precisamente, la
atomización y la dispersión de los esfuerzos de la contestación que les viene desde abajo. Es preciso, y no me cansaré
de repetirlo en cuantos foros sea necesario, que todos apliquemos notables dosis de
generosidad y de amplitud de miras para, desde el
respeto a las particularidades de cada uno, lograr la confluencia necesaria entre los que estamos, cómodos o no con nuestros compañeros de lucha, contra los que
han decidido que unos pocos tienen que tener más, derechos incluidos, que la
inmensa mayoría. Lo que nos estamos jugando es nada más y nada menos que el
futuro, por lo que conviene pensar en construir otro escenario en el que todos
quepamos, en vez de andar dando tumbos mientras admiramos la perfecta redondez
de nuestros ombligos.
Ya nos ha desvelado el presidente del gobierno cómo debe ser
el habitante ejemplar de la
España “como dios manda”. Ha elogiado a esa “mayoría
silenciosa” que se queda en casa, o en el trabajo, el que lo tiene, en vez de
reclamar sus derechos en la calle. Nos ha dado la medida del pueblo que quiere,
o más bien, del que necesitaría para cumplir fielmente y sin sobresaltos los
encargos de sus jefes, desde la
Merkel, sargento chusquero, hasta los generales de nombre desconocido
que conforman el estado mayor de los mercados financieros.
Por lo que
vemos, quiere, o necesita, súbditos en vez de ciudadanos. Gente que, como
recomendaba Franco, no se meta en política, que vaya a lo suyo y no piense más
allá del consumo del poco pan y del pésimo circo con que la patria nutrirá su
cuerpo y su espíritu. Gente lanar y acomodaticia, dócil rebaño al que se
conduce a golpe de silbido, donde el despistado que se desvía de la majada es
retornado diligentemente por los perros a base de mordiscos en las canillas sin
apenas un balido.
La España de charanga y pandereta, cerrado y
sacristía, devota de Frascuelo y de María (hoy, posiblemente de José Tomás
o Cristiano Ronaldo y de Belén Esteban), esa
España inferior que ora y embiste cuando se digna usar la cabeza que
magistralmente retrataba Machado en “El mañana efímero” es la referencia del
decimonónico Rajoy y de su proyecto involucionista. Parece retratárnoslo el
propio Machado cuando, sin salirnos del mismo poema, nos pronostica
clarividente que aún tendrá luengo parto
de varones amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y
maneras.
Esa España
necesita de ciudadanos que no lo sean, de ciudadanos ciegos, sordos y mudos. De
ciudadanos modélicos producto de una educación que sea adoctrinamiento para la
servidumbre, donde pensar no solo sea delito, sino pecado con pena de eterna
condenación. Esa España, que como decía Manuel Fraga, es diferente, pretende bajo este modelo ser el único lugar
del mundo donde sobran maestros, médicos o investigadores y en cambio hacen
falta policías, camareros y prostitutas.
Desalojar del
poder a este indolente disfrazado de solemne, que pretende conformar un país y
unas gentes a la medida de su indolencia, es, más que una proclama, una
necesidad higiénico-sanitaria. Porque lo que propone es lo que habita en su
cabeza: la nada, las palabras huecas e imprecisas, un clasismo brutal y
despreciativo y unos pocos tópicos para cantar las verdades de Perogrullo. Eso sí, con menú
de contenedor de la basura para el
pueblo y para él y sus allegados, con pata negra de a 190 € el kilo y
montecristos con vitola en la sobremesa.
En el año 2004, el final del segundo periodo de gobierno de
José María Aznar se veía sorprendido por un hecho luctuoso que conmovió la
conciencia de los españoles, los espantosos atentados en los trenes de
cercanías del 11M. La pésima gestión de la información en los momentos
posteriores a estos atentados, y las mentiras descaradas de un gobierno que
intentó justificarse con ellas hasta lo
injustificable fueron el catalizador de una indignación popular que se había
ido acumulando tras decisiones nefastas arropadas de una política de
comunicación mentirosa, como la promoción y participación en el genocidio
iraquí, las mentiras en la información sobre la huelga general por la reforma
laboral, los accidentes del Prestige y el Yak-42, o los torpes y oscuros manejos en el
intento de golpe de estado en Venezuela, que daban cuenta del autismo
generalizado de un gobierno que, desde su mayoría absoluta, despreciaba
cualquier reivindicación que no viniera de sus propias filas y no dudaba en
acomodar la comunicación pública, que no información, a sus deseos y
necesidades.. La mentira le costó al PP, contra todo pronóstico, unas elecciones que
ya daba por ganadas.
Ocho
años después ha vuelto a correr la sangre por los andenes de Atocha, pero esta vez no ha hecho falta que vinieran
terroristas islámicos a derramarla. El terror lo ha provocado el propio brazo
armado del estado en forma de policías de la UIP, en clara extralimitación de
sus funciones, ayudados, como puede verse en algún vídeo, por algún
descerebrado agente de seguridad espoleado por el subidón de adrenalina que sin
duda le debió provocar la oportunidad de soltar algún guantazo. Andenes en los
que terminaban refugiándose en su huida quienes momentos antes reclamaban una
respuesta del gobierno a sus demandas pacíficas de más democracia, y que
obtuvieron como toda respuesta la represión y la violencia.
Pero lo
grave no es la propia violencia. Es, una vez más, la mentira como arma usada
desde el poder. Desde la irrisoria cifra ofrecida por la Delegada del Gobierno de 6000 asistentes a la convocatoria del 25S, ridícula
como puede comprobar cualquiera que vea las imágenes de los numerosos vídeos
que circulan por la red, hasta el intento de criminalizar una protesta
fundamentalmente pacífica, pero que se intenta hacer pasar como violenta
mediante elementos provocadores infiltrados que, otra vez descubiertos por los
vídeos, resultan ser policías de paisano que colaboran posteriormente en las detenciones. Luego, tanto el propio
gobierno como la jauría mediática de la derecha reaccionaria inundan de descalificaciones
y diatribas contra los indignados las ondas y los papeles, y, en el más puro
estilo orwelliano nos aclaran que la guerra es la paz, y los energúmenos de la
porra y las pelotas de goma son monjitas ursulinas que nos llevan de excursión.
Los malos, cómo no, son quienes no se resignan a ser mercancía en manos de
políticos sin escrúpulos y de banqueros que han decidido extraerles hasta el último de sus euros; malos
y peligrosos por poner en solfa el sacrosanto estado llamado de derecho, lo que hoy no deja de ser una metáfora oxidada y
prostituida por gobernantes que lo utilizan como marco y coartada de sus
propios intereses.
El día
después, aprendida la lección, volvieron las protestas. A cara descubierta y
poniendo en evidencia a los provocadores encapuchados, sin violencia como resultado hasta el final, cuando los pequeños grupos son pasto fácil de los antidisturbios de porra ligera. Primera coartada
que se desmonta, como lo irán haciendo otras. Porque, señores del gobierno,
aunque ustedes no quieran darse cuenta ni aprendan de sus propios errores en el
pasado, la verdad siempre termina abriéndose paso, y ustedes están ya presos,
aunque todavía no lo sepan, de sus propias mentiras. Y si esperamos lo
suficiente, quizá terminen como merecen, juzgados y condenados por los
sufrimientos que causan a un país cada vez más harto de ustedes, y cuya
paciencia, recuerden, no es infinita.
Ayer fui, como tantos miles de conciudadanos, testigo
directo de la respuesta del PP a las demandas de otra manera de actuar por
parte de este gobierno indigno. Puedo asegurar, para quien allí no estuviera,
que la cifra de 6000 personas ofrecida por la Delegación del Gobierno
es tan ridícula como su titular (cuyo marido se halla en deconocido paradero, a
lo mejor también estaba en la calle), siendo incesante el flujo de personas
que, desde las seis de la tarde, abarrotaban la Plaza de Neptuno y
alrededores.
Una multitud pacífica que solo esperaba una respuesta de
quienes teóricamente les representan y que están condenando al pueblo a unas
condiciones de vida cada vez más duras, rayando en ciertos casos los límites de
la supervivencia, y que están acabando con los derechos sociales y los
servicios públicos tan trabajosamente conquistados con el exclusivo fin de
seguir alimentando la voracidad insaciable de los poderes económicos y
financieros. Multitud que sólo exige una respuesta que tenga en cuenta a las
personas, que se niega a ser marioneta de un poder que solo le tiene en cuenta
para exprimirle hasta lo insoportable para dejarle después tirado a su suerte.
No hablan claro. No explican –porque no pueden- por qué es más
importante pagar religiosamente los intereses de una deuda odiosa e indigna que
invertir en servicios a las personas, o en economía verdaderamente productiva y
generadora de empleo. Se empecinan en contarnos que lo que hacen es lo mejor
que pueden hacer ¿para quién?. No desde luego para quien pierde su vivienda, o
su empleo, o las magras prestaciones por dependencia. Para quien tiene que
dejar de estudiar porque no puede pagar unas tasas abusivas o para la familia
que tiene que hacer la comida a su hijo y pagar encima por llevarla a la
escuela. Para quien pierde el derecho a ser atendido por su médico o para el
que ve congelado y recortado por enésima vez su magro salario. Para los de
siempre. Para los de abajo.
Lo de ayer, 25 de septiembre, fue una profecía autocumplida
de la impresentable delegada del gobierno: criminalización previa de la
convocatoria para desanimar la participación. Como esto no se consigue, y como
todo discurre en términos pacíficos, se infiltran provocadores de la policía entre
los manifestantes para justificar las cargas. Y a partir de aquí se desencadena
una violencia inusitada, con ensañamiento hasta en la huída de la gente por los
andenes de la estación de Atocha. La violencia de ayer tuvo un color, el azul
oscuro de unas fuerzas que no lo fueron del orden sino de la sinrazón. Y ante la protesta la respuesta del gobierno y de sus
palmeros y corifeos es el silencio mediatico, o directamente la mentira.
Pero hoy en día hay cauces por donde la verdad asoma, y
tanto los medios internacionales como las redes sociales son testigos incómodos
de la realidad que nuestro gobierno oculta y deforma. Aclaran quiénes son los
violentos, quiénes han decidido responder a las demandas con la represión pura
y dura, como en los tiempos en que la democracia en este país era solo una
aspiración. Ayer nuestra devaluada democracia se dejó en las calles madrileñas
unos cuantos jirones.
Ya empieza el miedo a cambiar de bando. Han pasado del
desprecio al ataque porque se saben debilitados por unos ciudadanos cada vez más
desafectos que solo han repondido, de momento, con su palabra y con su
presencia. Pero el mensaje está ahí, y esos ciudadanos han dicho claramente que
no están dispuestos a aguantar con todo lo que les echen, incluso si lo que les
echan son sus perros de presa. Cada golpe, cada herida solo alimenta más la
indignación y la rabia contra un gobierno indigno.
Pero antes de hacer una descalificación global de la clase
política, hay que puntualizar varias cosas, para poner a cada cual en su sitio
una vez que hemos hablado de bandos. Están claramente en uno, y frente al
pueblo los sicarios que no dudan en apalizar con saña a su convecinos, los que
les mandan creyéndose en el poder cundo no son a su vez más que lacayos bien
remunerados del poder económico, el más antidemocrático que existe. Están también
los dubitativos, que andan pensando todavía por qué perdieron el poder cuando
dejaron de ser lo que nos decían que eran y se plegaron a defender los mismos
intereses de las oligarquías. Y también hay algunos, pocos, que ayer no dudaron en identificar en que
bando están cuando salieron de sus escaños para mezclarse con la gente y
aguantar la violencia institucional. Porque hay políticos de una y otra clase,
más que una clase política, y ayer con sus actos y todos los días con sus
declaraciones se retratan para que veamos de qué clase son.
Es hora de decir basta. De aparcar diferencias, matices o
elementos de discrepancia. De dejar para otro momento las banderas, las historias
gloriosas y las señas de identidad, por muy queridas que sean. Hay que llenar
las calles de indignación y de lucha. Hay que callarles para siempre, con la
fuerza de miles de voces y hay que destruir este sistema perverso que explota a
la mayoría para cimentar la riqueza de unos pocos para construir una verdadera
democracia al servicio de los ciudadanos.
Hace pocos días inauguraba este blog indignado, con el mareo
de ver mi país, este país de todos los demonios, sumido en la crisis y en el marasmo de estar
capitaneado por una panda de bucaneros que, lejos de salvarle, parecen querer
conducirlo hacia un naufragio inexorable.
Y entre la tripulación con mando emergía con luz y méritos propios la
insigne Condesa de Murillo, grande de España, que recurrentemente se me coló en
las tres primeras entradas por méritos propios, que tal era su destreza para no
dejar indiferente a nadie allá donde decidiera posar sus sandalias con
calcetines.
Juro que hice el propósito solemne de desengancharme de su
recurrente presencia, que atribuí a una enfermiza fijación con su persona, a la
que quizá nunca comprendí en sus justos términos. Pero hoy se nos va, dejando
una furtiva lágrima en sus ojos cuando anuncia que dimite de sus cargos
políticos e institucionales y que vuelve a su casi olvidada condición de
funcionaria, a esa administración pública que tanto denostó en el ejercicio de
sus cargos políticos y que cada vez más maltrecha por obra y gracia suya y de
sus correligionarios tiene en pie de guerra a unas plantillas congeladas y
devaluadas que sin duda la recibirán en su seno con entusiasmo.
Aduce la condesa que su decisión lo es por motivos
personales, familiares y de salud. Como tantos y tantas defenestrados a los
que la salud se les tuerce en cuanto son declarados personas non gratas por sus
aparatos para evitar las salpicaduras de sus desmanes. Pero no digo yo que sea
este el caso, aunque su combatividad en el reciente debate del estado de la
región de Madrid no hiciera presagiar este brusco desenlace apenas unos días
más tarde. O cuando animadamente hacía gala de su intuición sobre la decisión
del mangante (quise decir mangante) Adelson de establecerse en los madriles. O
cuando soportaba impertérrita el lanzamiento de un tupper por una madre
desesperada o hacía chascarrillos sobre la pena de muerte aplicada al gremio de
los arquitectos. Si es cierto que se va porque está malita, la pobre, hay que añadir a la lista de sus virtudes una
capacidad de disimulo y unas dotes de actuación que para sí las hubiera querido
doña María Guerrero, que en gloria esté.
Porque esta buena mujer nunca ha dado puntada sin hilo,
resulta difícil no pensar que tras esta
dimisión hay algo que no termina de cuadrar y que se nos escapa. Las redes
sociales hierven de especulaciones sobre los verdaderos motivos de la espantá.
Hay quien, ingenuamente, la atribuye a la presión social de la calle,
sindicatos y trabajadores. Otros piensan en una retirada estratégica, antes de
la debacle, para resurgir después, limpia e inmaculada cual ave fénix para
encabezar una reedición hispana del tea
party. No falta, desde luego, quien opina que escapa antes de que le estallen
oscuras tropelías que conforman el candente y escondido magma que recorre las
cloacas de la administración madrileña. O que Rajoy, harto de primadonnas que
le cuestionen permanentemente, haya decidido poner orden y acabar con molestas
disidencias en el corral de Génova, que anda cada vez más revuelto.
En cualquier caso, solo ella sabe con certeza los motivos aunque el futuro próximo probablemente nos aclare
que hay, o que hubo, detrás de esta sorpresiva retirada. Por mi parte solo me resta
decirle un adiós que espero sea definitivo, y desearle humilde y sentidamente
que tanta gloria lleve como descanso deja.